::: DANIEL RASKOVSKY Y EQUIPO :::










Desde dónde lo pensamos
La medicina definida por E. Pellegrino como la más humana de las ciencias y la más científica de las humanidades ha considerado siempre a la farmacología como un instrumento, un medio, útil entre otros instrumentos terapéuticos posibles.
Los pediatras saben bien de que se trata esto. De la frecuente y necesaria abstención farmacológica para permitir la respuesta autónoma y defensiva. De dar tiempo a la evolución natural. De intervenir con una recomendación, un cambio de hábito alimentario, higiénico o de conducta, o una inter-consulta psicológica que termina en ocasiones con una indicación de tratamiento para los padres.
La psiquiatría ha sido un ejemplo en la medicina del ejercicio de la tradición humanística, al reconocer en el conflicto psíquico la fuente de este malestar, expresado en palabras y por lo mismo no carente de algún esquivo sentido.
El importante desarrollo de la investigación neurocientífica de los últimos 20 años, además de ampliar el campo del conocimiento; ha producido una variedad de aplicaciones farmacológicas con relativa selectividad, bastante seguridad, e importante eficacia en yugular síntomas; incluso en algunos casos en estimular cambios neuro-plásticos que implicarían cura en el sentido médico. Estos cambios han incidido en una mejoría sintomática, en la calidad de vida y en las relaciones vinculares, innegable y bien venida.
Pero al mismo tiempo ha inclinado la balanza a favor de un abordaje neuro-biológico en la comprensión y tratamiento de los problemas psicológicos que descuidan el conflicto psíquico como fuente del malestar.
Las instituciones de salud mental reflejan esta coyuntura al privilegiar los tiempos terapéuticos farmacológicos y su eficacia sintomática, sobre los tiempos subjetivos. Así se han encorsetado las psicoterapias con limitaciones temporales explícitas y sin fundamento clínico, en forzados y breves tratamientos por imposible focalización.

Los miedos, la angustia y la ansiedad. Las dudas, las inhibiciones, las obsesiones, los celos. La insatisfacción, la inseguridad, las frustraciones y los fracasos. El desgano inmotivado. La depresión. Los problemas de la conducta alimentaria, social, escolar y laboral. Las dificultades del desempeño cotidiano. Las conductas extrañas, inadecuadas. El mal humor, la intolerancia, la irritabilidad, el descontrol, la violencia. El juego compulsivo y las adicciones. Las enfermedades psicosomáticas. Las crisis personales, de pareja, de la sexualidad, familiares, laborales.

Todas ellas merecen una atención especializada que no desconozca que la salud es una tarea en la que el paciente tendrá una participación activa, porque dejará de ser enfermo en tanto pueda contribuir a su curación.

“Los perros aman a sus amigos y muerden a sus enemigos, casi al contrario de las personas, quienes  tienden a mezclar amor y odio"

Sigmund Freud

"No hay mejor psiquiatra en la tierra que un cachorro lamiéndote la cara"

Ben Williams

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