Desde dónde lo pensamos
La medicina definida por E. Pellegrino como la más humana de las ciencias
y la más científica de las humanidades ha considerado siempre a
la farmacología como un instrumento, un medio, útil entre otros
instrumentos terapéuticos posibles.
Los pediatras saben bien de que se trata esto. De la frecuente y necesaria abstención
farmacológica para permitir la respuesta autónoma y defensiva.
De dar tiempo a la evolución natural. De intervenir con una recomendación,
un cambio de hábito alimentario, higiénico o de conducta, o una
inter-consulta psicológica que termina en ocasiones con una indicación
de tratamiento para los padres.
La psiquiatría ha sido un ejemplo en la medicina del ejercicio de la tradición
humanística, al reconocer en el conflicto psíquico la fuente de
este malestar, expresado en palabras y por lo mismo no carente de algún
esquivo sentido.
El importante desarrollo de la investigación neurocientífica de
los últimos 20 años, además de ampliar el campo del conocimiento;
ha producido una variedad de aplicaciones farmacológicas con relativa
selectividad, bastante seguridad, e importante eficacia en yugular síntomas;
incluso en algunos casos en estimular cambios neuro-plásticos que implicarían
cura en el sentido médico. Estos cambios han incidido en una mejoría
sintomática, en la calidad de vida y en las relaciones vinculares, innegable
y bien venida.
Pero al mismo tiempo ha inclinado la balanza a favor de un abordaje neuro-biológico
en la comprensión y tratamiento de los problemas psicológicos que
descuidan el conflicto psíquico como fuente del malestar.
Las instituciones de salud mental reflejan esta coyuntura al privilegiar los
tiempos terapéuticos farmacológicos y su eficacia sintomática,
sobre los tiempos subjetivos. Así se han encorsetado las psicoterapias
con limitaciones temporales explícitas y sin fundamento clínico,
en forzados y breves tratamientos por imposible focalización.
Los miedos, la angustia y la ansiedad. Las dudas, las inhibiciones, las obsesiones,
los celos. La insatisfacción, la inseguridad, las frustraciones y los
fracasos. El desgano inmotivado. La depresión. Los problemas de la conducta
alimentaria, social, escolar y laboral. Las dificultades del desempeño
cotidiano. Las conductas extrañas, inadecuadas. El mal humor, la intolerancia,
la irritabilidad, el descontrol, la violencia. El juego compulsivo y las adicciones.
Las enfermedades psicosomáticas. Las crisis personales, de pareja, de
la sexualidad, familiares, laborales.
Todas ellas merecen una atención especializada que no desconozca que la
salud es una tarea en la que el paciente tendrá una participación
activa, porque dejará de ser enfermo en tanto pueda contribuir a su curación.
|